A propósito de disculpas públicas

Kaichi Abe Matsumura nació en junio de 1889 en la Prefectura de Gifu, en la región central de Chubu, Japón. Por cuestiones políticas, tuvo que dejar su país a los 17 años y su padre eligió México como su destino, aprovechando un tratado entre el presidente Porfirio Díaz y el emperador Meiji, que impulsaba la migración de japoneses a nuestro país.

El joven nipón (descendiente de samuráis) llegó al Puerto de Manzanillo a bordo de un barco carguero junto con otros muchachos contratados para trabajar en las obras del Ferrocarril entre Manzanillo y Guadalajara, con la esperanza de poder llegar a Estados Unidos, donde había mejores condiciones económicas.

Tras dos años de trabajos extenuantes, a finales de 1908 llegó a Guadalajara con un español aceptable y en una cervecería trabó amistad con unos maquinistas que le hicieron el favor de trasladarlo a la ciudad de México. Ahí trabajó como empleado de una cantina, ahorrando todas las propinas hasta que logró abrir un negocio de venta de semillas en un local contiguo. Terminó comprando la cantina.

Convencido por la dueña de la cantina que era muy apegada a la religión católica, Kaichi se bautizó y adoptó el nombre de Manuel. Años más tarde, se casó con María Domínguez, originaria de Michoacán, y juntos se hicieron cargo de “La Concepción de Tacubaya”, que incluía una tienda, una cantina y un expendio de semillas.

Desde ahí vieron pasar la revolución mexicana. Su cantina sirvió para festejar la renuncia de Porfirio Díaz y su tienda vendió alimentos y refrescos a los diferentes grupos de revolucionarios que llegaban a la capital.

La prosperidad del matrimonio Abe Domínguez sirvió para que adquirieran la Hacienda de San Ignacio Actopan, en el municipio de Tetecala, entre otras propiedades a lo largo y ancho del territorio morelense.

Kaichi se estableció como el primer inmigrante japonés en Morelos, durante los años aciagos de la Revolución del Sur. Fue proveedor del General Zapata, vio la entrada de Obregón a Cuernavaca en 1920 y vivió de cerca la aprehensión de Serrano en 1927.

En 1942, México se unió al bando aliado en la guerra mundial contra Alemania y Japón, lo que tuvo repercusiones en Morelos. Por increíble que parezca, un hecho que estaba ocurriendo a miles de kilómetros de distancia, se vino a reflejar en Morelos, específicamente en Temixco.

Muy poca gente sabe que la hacienda de Temixco fue convertida por el gobierno federal en un campo de concentración para japoneses, en tanto que Perote, Veracruz, fue ocupado como cárcel exclusiva para alemanes, en aquellos años en que el gobierno de Manuel Ávila Camacho impulsó el nacionalismo como nunca y surgieron películas como “Mexicanos al Grito de Guerra”, interpretado por el joven actor Pedro Infante.

En ese contexto, el entonces gobernador Jesús Castillo López (afortunadamente sin ningún parentesco con quien esto escribe), aprovechó la situación para quedarse con la hacienda de Actopan. Como no pudo internar a Manuel Abe en el campo de concentración de Temixco porque él había adquirido la nacionalidad mexicana muchos años antes, mandó divulgar la especie de que “en Morelos hay un espía japonés al servicio de los nazis”.

Un reporte de la Secretaría de Gobernación indicaba que “datos obtenidos en relación con el japonés Manuel Abe de Cuernavaca, que según se dice es espía nazi y posee dos o más radiodifusoras clandestinas en esta localidad. Se asegura que dicho sr. Abe gozaba de la protección del exgobernador Elpidio Perdomo, dedicándose el mencionado japonés al mismo tiempo que a sus grandes negocios a hacer labores de espionaje, utilizando al mismo tiempo sus radiodifusoras contrarias a la ideología que sustenta nuestra patria especialmente en estos momentos de guerra”.

Nunca le pudieron comprobar nada, pero el gobierno estatal le impuso como medida precautoria no salir de la ciudad de Cuernavaca, en tanto que todos sus negocios estaban intervenidos por la “Junta de Administración y Vigilancia de Propiedades del Enemigo”, órgano creado a partir de la participación de México en la guerra mundial.

Una mañana, pistoleros al servicio del gobernador Castillo López entraron con lujo de violencia al casco de la Hacienda de Tetecala, abrieron el portón, metieron sus autos, se bajaron fuertemente armados y a punta de pistola se llevaron a Manuel y a María.

Los tuvieron encerrados en una celda “para que aflojaran”. Días después, María fue llevada ante la presencia del mandatario estatal, quien le expresó su solidaridad por lo que estaban sufriendo por órdenes del gobierno federal. “Entenderá que por mi alta investidura estoy impedido para hacerlo abiertamente, pero podemos echar mano de los buenos oficios de gente de mi confianza”, le dijo.

Castillo López puso como condición para ayudarla el que entregaran la hacienda con todo y papeles. Días después, los Abe transmitieron la propiedad de la Hacienda de San Ignacio Actopan a favor de Consuelo Beraud de Castillo López, a cambio de un cheque por cien mil pesos, que no era ni el diez por ciento de su valor real.

Kaichi y María fieles a su espíritu sortearon la tormenta y se recuperaron. María con valor denunció a Castillo López y Kaichi levantó otro ingenio azucarero en la Hacienda del Hospital en Cuautla, mismo que su hijo Roberto vendió años más tarde al gobierno del presidente López Mateos. Kaichi volvió unos años a Japón, pero decidió retornar a Cuernavaca donde murió en 1978. Tiempo atrás Kaichi y María se habían divorciado, ella murió antes que él.

En 1997 se celebraron los cien años de la migración japonesa a México, de aquella colonia fundada en Chiapas a instancias de Enomoto Takeaki, el canciller del emperador Meiji. Muchos actos se dieron en todo México, dos de ellos particularmente emotivos para la memoria de Manuel o Kaichi.

Su nieto primogénito, Roberto, único varón de Roberto y Lolita, fue elegido para dirigir unas palabras en el acto principal en Cuernavaca, y fue invitado a una comida privada con el príncipe de Japón (hijo del emperador Akihito).

Kaichi Abe Matsumura, es bisabuelo de Roberto Abe Camil, quien relata lo anterior en su libro “No mirar hacia atrás, la historia de un Samurai en Morelos”, editado en 2017.

Ahora que están de moda las disculpas públicas (aunque dicen que son artilugios presidenciales para distraer los asuntos realmente importantes), bien que quedaría una propuesta de que el gobierno mexicano le pidiera perdón a los migrantes japoneses que estuvieron presos en la exhacienda de Temixco, o los descendientes de Don Manuel Abe que fueron despojados por el gobierno de Jesús Castillo López.

HASTA MAÑANA.