
Hay un momento, apenas se apagan las luces y la voz del anunciador retumba en las bocinas, en que la realidad parece quedarse afuera. El albañil que trabajó diez horas bajo el sol, la comerciante que apenas logró vender lo suficiente para llevar comida a casa, el taxista que pasó el día atrapado en el tráfico y el estudiante que carga más incertidumbres que libros encuentran un refugio común frente al cuadrilátero. Durante un par de horas, todos dejan de ser lo que son para convertirse simplemente en aficionados.
Las primeras luchas sirven para calentar el ambiente. Los niños, con máscaras demasiado grandes para sus rostros, imitan las llaves de sus ídolos mientras los vendedores recorren la improvisada arena ofreciendo espadas que se iluminan.
Cuando aparecen los rudos los silbidos caen como una tormenta. Los insultos vuelan de un extremo al otro de las tribunas, cargados de ingenio más que de odio. El público necesita un villano, alguien en quien depositar el enojo acumulado durante la semana. Cada trampa, cada golpe ilegal y cada provocación alimentan esa necesidad colectiva de sacar lo que normalmente permanece contenido. Es una catarsis colectiva.
Los técnicos representan la otra cara de la moneda. Son la esperanza de que el esfuerzo termine imponiéndose sobre la ventaja indebida. Cada vez que uno de ellos se levanta después de una caída, las gradas responden con un aplauso que parece dirigido también a quienes, fuera del gimnasio, hacen exactamente lo mismo todos los días: levantarse pese a los tropiezos.
Sobre el ring se cuentan historias sencillas, pero profundamente humanas. No hacen falta largos discursos para entender quién desafía a quién, quién traicionó a quién o quién busca revancha. La lucha libre habla un idioma que todos comprenden. Es el lenguaje del sacrificio, de la injusticia, del orgullo y de la resistencia.
El réferi, convertido muchas veces en cómplice involuntario de las trampas, también recibe su parte. Las protestas del público son ensordecedoras. Se le reclama como si realmente tuviera en sus manos el destino del combate. En ese instante nadie piensa en problemas económicos, en cuentas pendientes ni en noticias desalentadoras. Toda la energía se concentra en exigir justicia sobre una lona que, por unas horas, parece más importante que cualquier oficina de gobierno.
En la lucha libre no ha pasado el tiempo y todavía no llega la onda woke. No es como en el futbol que ahora se sanciona el grito homofóbico cuando hay un saque de portería. Aquí ese rito ha sido adoptado para dedicárselo al luchador que adopta una actitud poco viril. Y las mujeres gritan sin pudor alguno a los luchadores: “¡Que se encuere, que se encuere!”.
La lucha estelar lleva la emoción al límite cuando uno de los luchadores tiene dominado al otro sobre las cuerdas y hace el amago de quitarle la máscara ante el alarido de la gente. Los castigos son más espectaculares, las caídas parecen definitivas y las intervenciones inesperadas provocan que los asistentes se pongan de pie provocando el enojo de los que están atrás. Las mentadas de madre se escuchan como algo normal en las funciones de lucha libre, y no hay mayor orgullo que tener un vozarrón para que la gente celebre sus ocurrencias.
Cuando finalmente el vencedor levanta los brazos, el resultado importa menos que el viaje. El público abandona lentamente sus asientos mientras comenta las mejores llaves, las trampas de los rudos y las acrobacias imposibles que acaban de presenciar. Afuera sigue esperando la misma ciudad, con sus calles deterioradas, sus dificultades económicas y sus preocupaciones cotidianas. Nada ha cambiado realmente.
Y, sin embargo, algo sí cambió.
Durante más dos horas, cientos de personas compartieron risas, corajes, silbidos, aplausos y esperanza. Descargaron tensiones que difícilmente habrían encontrado otro espacio para salir. La lucha libre volvió a cumplir una función que va mucho más allá del entretenimiento: convertirse en una válvula de escape para una sociedad que carga demasiados problemas y pocas oportunidades para olvidarlos, aunque sea por un instante.
A pesar de una intensa lluvia, el pasado jueves miles personas abarrotaron la improvisada Arena de Lucha Libre sobre los terrenos de San Diego para ver a uno de los últimos ídolos de la Lucha Libre en México: el Místico.
Nacido en el Barrio de Tepito, hijo de un luchador profesional (Dr. Karonte), utilizó varios nombres antes de adoptar el que le ha dado fama a nivel mundial a partir de su debut en 2004. Según las crónicas deportivas, esa noche en el ring, Místico realizó movimientos aéreos nunca antes vistos. Jugó con las cuerdas cual niño gozando de un día de campo. La velocidad que le imprimió a sus acrobacias y la forma en la cual parecía levitar por segundos en sus vuelos dejó boquiabiertos a todos en las gradas y a unos tantos miles que presenciaron su debut en la televisión, en el canal 9 que en aquel entonces se manejaba bajo el nombre de Galavisión.
Su contrincante fue El Soberano Jr., también proveniente de una dinastía de luchadores. Dotado de un físico privilegiado y de una personalidad que provoca admiración y al mismo tiempo enojo, el ‘lujo de la lucha libre’ es actualmente uno de los gladiadores más queridos y con mayor proyección del Consejo Mundial de Lucha Libre.
También hubo lucha de mujeres y de personas de talla baja (que aquí se les sigue llamando “enanos”), y no podía faltar la presencia del que anuncian como “el terror de los corruptos”, un luchador enmascarado de físico envidiable que se hace llamar “El wero morelense” y que participa en la lucha preliminar, en esta ocasión contra otro gladiador llamado “Corcel Negro”.
Después de haber presenciado el espectáculo que trajo el senador Víctor Mercado a los terrenos de San Diego, sólo podemos externar una frase que seguramente comparten todos los que alguna vez disfrutamos de la icónica Arena Isabel y que el jueves nos mojamos:
¡Ah, cuánta falta hace una Arena de Lucha Libre en Cuernavaca!
HASTA MAÑANA.